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Construyendo la clase virtual concibe el aula como un espacio de comunicación sostenido en una estructura material que, llevada a lo virtual, se puede reconocer como una estructura comunicacional en “la que tienen lugar los intercambios simbólicos -comunicación educativa- entre los actores”. 
El texto analiza la clase y el aula virtual para detenerse en sus elementos fundamentales: los tiempos, la clase como organizadora del cursado, la periodicidad, los tipos, los momentos de relación entre quienes forman parte de un proceso educativo hasta llegar al estilo de redacción. 
Los autores no dejan de hacer referencias a la comunicación como fundamento de la clase virtual. El apartado dedicado a los foros abre el camino a lo que significa la interactividad y la trama del trabajo grupal con un eje fundamental: la construcción del grupo de aprendizaje. 
Los autores plantean dos cuestiones fundamentales: el respeto, reconocimiento y vigencia de lo que se ha avanzado en el campo de la educación y de las tecnologías y la necesidad de la presencia del educador para promover y acompañar aprendizajes.
(Extractado del prólogo de Daniel Prieto Castillo)

"Vivimos una época muy contemporánea."
Inodoro Pereyra - Filósofo argentino

Comenzamos, como corresponde, con las perogrulladas habituales para este tipo de texto. Vivimos en una época en que todo cambia, de modificaciones profundas, de un cierto caos que está reordenando la sociedad de una manera muy diferente a lo que conocimos hasta la semana pasada. Tiempo de paradojas. Por ejemplo: los medios para comunicarnos se multiplican, se hacen más y más sofisticados, nos maravillan con sus posibilidades, avanzan tan rápido que pareciera que pronto se comunicarán prescindiendo de nosotros, los humanos. ¿Lo paradójico? no estamos seguros de que nos comuniquemos más y mejor…

Cambia, todo cambia…
Ríos de tinta (y de bits) nos marean con la descripción y análisis de tantos cambios. Se describen (muchas veces sólo con el respaldo del entusiasmo) cosas maravillosas que nos sucederían a los humanos en este período. Se habla del ingreso a la sociedad del conocimiento. El saber reemplazaría a la posesión de bienes materiales. Paradojas, paradojas. Las guerras siguen siendo impulsadas por el control del petróleo y otros recursos. Paradoja: una parte importante de las personas muestran estar increiblemente mal informadas sobre lo que sucede a su alrededor. Las posibilidades (casi infinitas) de acceso a la información no parecen corresponderse con que la mayoría de las personas realmente accedan a ella y la utilicen. Los más jóvenes, en una proporción alarmante, parecen desinteresados sobre lo que no se refiera a los espectáculos deportivos o musicales, sus actores y muy poco más allá. Esto se da en el marco de la aparición de nuevos fenómenos de movilizaciones masivas juveniles en todo el mundo, lo que constituye un indicio más de lo heterogéneo y caótico que es el contexto en el que nos movemos diariamente.
No es motivo de este trabajo detenernos en esas cuestiones. Sólo nos referimos a ellas para marcar un punto: no todo lo que se dice que está sucediendo, está sucediendo realmente. O por lo menos, no en el grado y en las formas que se predica. Y esa realidad debería ser un insumo importante al analizar y trazar estrategias en la educación. que es lo que nos proponemos en este trabajo, aunque acotando el tema sólo a lo referido a educación virtual, un espacio que está creciendo geométricamente en los últimos años.

¿Y en la educación?
También el discurso apocalíptico sobre un cambio radical de época circula en los espacios educativos, aunque más afuera que dentro de los sistemas formales insitucionales. Se escribe y habla con (demasiada) ligereza sobre el fin de las teorías pedagógicas que conocemos, las que se han vuelto obsoletas porque sus referentes (Vigotsky, Piaget, Bruner, Novak, Perkins…) no conocieron (o no se basaron en) Internet. Hay nuevas formas de aprender, ahora se aprende en red, ahora se aprende entre pares, colaborativamente, ahora…
Este discurso, en general, va acompañado de una peyorización de todo lo anterior, a lo que se asimila como obsoleto, antiguo, incapaz de dar respuesta a las nuevas necesidades de la formación de las personas. Se descalifica a las instituciones educativas, a la escuela, a la universidad, a los docentes, a la enseñanza. Parafraseando aquello de«el espectáculo comienza cuando usted llega…» se afirma (sin molestarse en probarlo), que la verdadera educación comienza con Internet, particularmente con la Web 2.0, 3.0 o el número que esté vigente cuando se publique este libro.
Tampoco nos detendremos mucho en esta polémica. Sólo para señalar que no creemos que haya modificaciones neuronales trascendentes en el desarrollo humano, producidas en una década (o menos). Es decir, que los proceso de aprendizaje (individuales e intransferibles) se siguen produciendo más o menos como los sicólogos cognitivistas y pedagogos han venido describiendo desde hace mucho tiempo. Y que las llamadas nuevas teorías del aprendizaje son solamente y apenas descripciones de metodologías de enseñanza o «técnicas de estudio» (Zapata Ros, 2011), muy orientadas al autoaprendizaje, que extrapolan experiencias de capacitación empresaria o estudios de adultos expertos, a toda la educación, y que las recetas que proponen son malas copias de las teorías que defenestraron un par de páginas antes. El aprendizaje basado en la actividad del que aprende fue el núcleo de las propuestas de la llamada Escuela Nueva o Escuela Activa (Dewey. Montessori, Jesualdo, Iglesias, etc.) a principios del siglo pasado. Que el aprendizaje entre pares puede ser muy fructífero impregna toda la obra de Vigotsky y, más acá, enoncontramos entusiastas aportes de Paulo Freire. La importancia de trabajar en proyectos reales, que interesen al que aprende, es uno de los aportes más conocidos del constructivismo piagetiano. Sólo para dar algunos ejemplos fáciles.
Nadie niega que la educación, tal como fue diseñada e institucionalizada en el siglo XX, necesita ser actualizada. Esa discusión viene desde hace muchos años, pero no nos parece que las respuestas vengan por el lado de desechar todo, en la línea de las producciones especulativas que surgen en ambientes intelectuales alejados de los sistemas educativos o por fuera de ellos, como el (provocativamente) llamado edupunk, que seguramente ya está siendo reemplazado por algún otro movimiento o corriente efímera.

Nuestro enfoque
Nosotros, los autores, trabajamos desde hace muchos años en ese punto de cruce, de confluencia, de encuentro, de integración, entre lo que hoy llamamos TIC y la educación. Hemos sido testigos y partícipes de ese proceso que algunos consideran de modificaciones profundas, esenciales, que cambiarían radicalmente la educación, volviendo obsoleto lo que conocimos hasta ahora. Y otros prefieren (preferimos) mirar con más calma, entendiendo que la «contemporaneidad» se da en una tensión entre cambio y continuidad, que conviene considerar más allá de algunos emergentes vistosos o impactantes.
Creemos que la educación virtual, sobre todo en el nivel universitario y superior, es un escenario que ofrece la oportunidad de desarrollar y aplicar todo lo innovador que las ciencias de la educación han ido elaborando a lo largo de las últimas décadas. Sin preconceptos (la menor cantidad de preconceptos que podamos) y sin esquemas apriorísticos, que consideran que lo nuevo es siempre mejor que lo viejo, antes de empezar a mirar la realidad, y sin verificar cuánto de viejo tiene lo que se presenta como nuevo, sólo porque se maquille con nuevos nombres y se describa con neologismos (en inglés, of course).
Hemos recorrido todo el trayecto, desde la educación a distancia tradicional, en la que el correo postal (con sobres, paquetes, estampillas) era el principal medio de comunicación, hasta el uso de las más actuales herramientas, basadas en Internet. En ese camino fuimos elaborando estrategias, andando y desandando senderos secundarios, acumulando éxitos y fracasos. Lo que ofrecemos a los docentes en este libro no surgió mágicamente en nuestras mentes, no son elucubraciones de escritorio. Tienen detrás, además de las lecturas y muchos intercambios con colegas, la experiencia de estos años de trabajo.
Es un libro incompleto y provisorio. Incompleto, porque la docencia virtual abarca todo lo que conocemos como funciones docentes, más un peso decisivo de la comunicación educativa, y un componente tecnológico (no el más importante). Sería demasiado pretensioso agotar en un solo material la complejidad de estos temas y sus interrelaciones. Y provisorio, porque todo esto está en construcción. Ni nosotros (ni nadie) sabe realmente cómo evolucionará la educación virtual en los próximos años.
Por eso les pedimos a nuestros lectores que no tomen estos textos como recetas acabadas. Sólo valen como insumos para reflexionar sobre ellos, para experimentar (sin necesidad de partir desde cero), para incorporarlos al debate, para que en esta tensión entre cambio y continuidad vayamos produciendo síntesis superadoras, rescatando de lo viejo todo lo válido (que hay mucho) y poniendo a lo nuevo bajo la mirada crítica, pedagógica ante todo. 
Buenos Aires / Mercedes, primavera de 2011